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‘Robos mundiales’ dos historias verídicas de desaparición de la copa

Lima.-

Desde el pasado 9 de noviembre, el espíritu mundialista se apoderó de Star+ con el estreno de “Robo mundial”, la nueva serie original, que ya se encuentra disponible en el servicio de streaming con todos sus episodios, protagonizada por Joaquín Furriel (Lucho Buenaventura), Benjamín Amadeo (Wally Castaneda), Carla Quevedo (Bárbara Simone) y Javier Gómez (Frank Manila). Compuesta por seis episodios de 30 minutos, “Robo mundial” sigue la historia de Lucho Buenaventura (Joaquín Furriel), quien después de invertir todos sus ahorros para viajar con su hijo al Mundial, ve cómo la Selección Argentina de Fútbol queda descalificada por una sanción en la etapa de eliminatorias y es reemplazada por la Selección de Chile, la cual seguía en la tabla de posiciones. Sin nada más por perder, reúne a sus compañeros de trabajo, un particular grupo a punto de quedarse sin empleo, para hacer justicia por mano propia. ¿El plan? Robar la Copa del Mundo en su gira promocional por Argentina, para intentar la reincorporación al Mundial y así salvar la ilusión de su hijo y el honor de un país.

A lo largo de la serie, la audiencia se embarca junto a Lucho y la banda en la ejecución de un plan prometedor, plagado de situaciones desopilantes, giros intrigantes y mucho humor. La ocurrente historia de ficción, sin embargo, no es del todo delirante, ya que encuentra dos curiosos correlatos en la vida real: desde el comienzo de la Copa del Mundo en 1930, el codiciado trofeo fue robado en dos oportunidades, en ambos lados del Atlántico.

INGLATERRA 1966: SCOTLAND YARD (Y PICKLES) ENTRAN EN ACCIÓN

Tras una pausa obligada durante la Segunda Guerra Mundial, los torneos mundiales de fútbol se reanudaron en 1950 en Brasil, donde la copa entregada al campeón fue bautizada oficialmente con el nombre de Jules Rimet, en homenaje al presidente de la FIFA responsable de la creación de la Copa Mundial de Fútbol. Las siguientes ediciones del certamen se desarrollaron en Suiza en 1954, y luego en Suecia en 1958 y en Chile en 1962.

En el verano boreal de 1966, la edición del Mundial tendría lugar en Inglaterra. El acontecimiento generaba enorme expectativa entre el pueblo británico, ya que los mismísimos creadores del juego nunca habían ganado un campeonato y soñaban con lograrlo en su propio suelo. En pleno fervor mundialista, la copa fue exhibida en Central Hall Westminster, un espacio de eventos en el corazón de Londres. Apenas un día después de que comenzara su exhibición, el trofeo desapareció misteriosamente y la policía de Scotland Yard activó una intensa búsqueda a lo largo y a lo ancho del territorio. Aparecieron algunos oportunistas que intentaron hacerse de la recompensa sin tener ni un mínimo dato acerca del paradero de la copa, hasta que el desenlace llegó de la mano de un perro llamado Pickles. La mascota paseaba con su dueño por el sur de Londres, como todas las mañanas, cuando descubrió un paquete enterrado que contenía nada más ni nada menos que al desaparecido trofeo. Inglaterra y el mundo entero respiraron con alivio, y Pickles se convirtió en un héroe internacional.

BRASIL 1983: ‘BARBA’, ‘BIGOTE’ Y EL JOYERO

En 1970, tras convertirse en México en tricampeón del Mundial, Brasil ganó el derecho de conservar la copa Jules Rimet en perpetuidad. A partir de 1974, entonces, comenzó a entregarse la icónica nueva versión de la copa que se usa hasta el día de hoy, cuyo diseño contiene a dos figuras humanas sosteniendo la Tierra.

Para la alegría y emoción del pueblo brasilero, el trofeo que el mismísimo Pelé levantó en México 1970 se trasladó a la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) en Río de Janeiro, donde permaneció exhibido durante ocho años, hasta que la copa Jules Rimet fue víctima de su segundo y último robo.

El 19 de diciembre de ese año, dos hombres entraron al edificio de la CBF y con poco esfuerzo lograron desmontar de la pared la urna de cristal antibalas que contenía la copa. Las autoridades brasileras empezaron así una exhaustiva investigación para dar con los delincuentes, y todos los caminos condujeron rápidamente al autor intelectual del crimen: un joven joyero argentino llamado Juan Carlos Hernández, conocido en Río de Janeiro por su trabajo de fundición de oro. Junto a él cayeron los autores materiales, José Luiz «Bigote» Vieira y Francisco «Barba» Rocha, quienes ratificaron la implicancia del argentino. La copa Jules Rimet nunca apareció, lo que supone que fue fundida para hacer uso del oro.

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