SALUD 

Obesidad y salud mental: la relación que va más allá del peso

La obesidad y la salud mental no deben abordarse como problemas separados. La evidencia científica muestra que existe una relación bidireccional entre ambas: las personas que viven con obesidad tienen un mayor riesgo de desarrollar depresión y, a su vez, quienes presentan depresión tienen más probabilidades de desarrollar obesidad. Un metaanálisis de estudios longitudinales encontró que las personas con obesidad tienen un 55 % más de riesgo de desarrollar depresión, mientras que aquellas con depresión presentan un 58 % más de probabilidad de desarrollar obesidad.¹

Esta relación no puede explicarse únicamente por el peso ni por las decisiones individuales. Estudios que utilizan datos genéticos para explorar posibles relaciones causales sugieren que la obesidad podría ser un factor de riesgo para la depresión.² Asimismo, otros análisis han identificado diferencias en la salud mental y la calidad de vida según los distintos fenotipos de obesidad, lo que refuerza la necesidad de evaluar a cada persona de manera integral.³

“Parece que el factor clave en este vínculo no es tanto el índice de masa corporal, sino la alteración metabólica”, señala la psicóloga clínica Núria Pujol, del Hospital Clínic de Barcelona. Factores como la inflamación crónica, el estrés y la desregulación del cortisol podrían contribuir a explicar la relación entre el exceso de grasa abdominal y el malestar emocional. No se trata simplemente de voluntad, sino de una interacción compleja entre el metabolismo, la conducta, el entorno y la salud mental.

Estrés, inflamación y estigma: un círculo que importa

La evidencia científica señala que el exceso de grasa corporal, especialmente la abdominal, puede favorecer un estado de inflamación crónica. A su vez, el estrés sostenido puede alterar los sistemas hormonales relacionados con el cortisol, una hormona que participa en la respuesta del organismo ante situaciones de amenaza o presión.⁴

El estigma asociado al peso también desempeña un papel importante. Los prejuicios pueden afectar la autoestima, retrasar la búsqueda de atención médica y dificultar el autocuidado. Los comentarios centrados en la supuesta falta de “voluntad”, “disciplina” o “control” no contribuyen a resolver el problema; por el contrario, pueden aumentar la vergüenza, el aislamiento y la frustración.

Esta dimensión emocional también está presente en el Perú. El primer estudio antropológico impulsado por Adium Perú identificó ocho formas de vivir con sobrepeso y obesidad. Entre ellas se encuentran los “Culpados silenciosos”, personas que experimentan vergüenza, arrepentimiento o frustración y pueden interpretar su peso como una señal de descontrol personal; y los “Frustrados”, quienes han atravesado múltiples intentos por perder peso y temen volver a fracasar.

Estos hallazgos ayudan a comprender por qué la obesidad no puede abordarse únicamente desde la balanza. Detrás de una persona que busca perder peso puede haber frustración, miedo, una relación compleja con la comida o incluso un problema de salud mental que todavía no ha sido identificado.

Conducta alimentaria y salud emocional

En algunas personas, la obesidad puede coexistir con depresión, ansiedad o trastornos de la conducta alimentaria. Según Pujol, uno de cada tres pacientes con obesidad que busca tratamiento podría presentar algún trastorno alimentario. Entre ellos, el trastorno por atracón es uno de los más frecuentes.

Algunas personas describen el denominado “ruido alimentario” como una preocupación persistente por la comida, con pensamientos recurrentes que pueden interferir en su bienestar cotidiano.

Este fenómeno no debe interpretarse como una falta de voluntad. Puede estar relacionado con los mecanismos cerebrales de recompensa, la regulación emocional, el estrés y las experiencias de estigmatización.

Tratamiento integral, no soluciones aisladas

La evidencia científica indica que el tratamiento de la obesidad no debería limitarse a la recomendación de “comer menos y moverse más”. Se trata de una enfermedad crónica, sistémica y multifactorial que requiere un abordaje integral, adaptado a las necesidades de cada persona.

“La obesidad es una enfermedad sistémica crónica que requiere equipos multidisciplinarios donde psicólogos, nutricionistas y médicos trabajen en conjunto”, sostiene Pujol. Según explica, el objetivo no debe ser únicamente reducir un síntoma físico o modificar una conducta alimentaria, sino también abordar los aspectos cognitivos y emocionales que influyen en el bienestar de la persona.

La especialista advierte, además, que algunos trastornos, como la anorexia nerviosa atípica, pueden pasar inadvertidos cuando el índice de masa corporal (IMC) se encuentra dentro del rango considerado normal o es elevado. Por ello, antes de iniciar y durante cualquier tratamiento para la obesidad, es importante explorar los antecedentes de trastornos alimentarios, los patrones restrictivos, la pérdida de peso muy rápida y otras conductas que puedan poner en riesgo la salud física y emocional.

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